Opinión

La brecha invisible de la Inteligencia Artificial: quiénes la usan, quiénes la entienden y quiénes quedan fuera

Por Marco Silva, socio y Director Mercados & Consumidores.

Aunque el debate sobre inteligencia artificial se ha instalado con fuerza en medios y empresas, los datos muestran que en Chile la mayoría se siente apenas “algo informada” y que la familiaridad con la IA se concentra en jóvenes, hombres y segmentos altos. Más que una brecha tecnológica, estamos frente a una brecha cultural y de acceso al conocimiento.

En un país donde el acceso a internet supera el 90% y la conversación sobre inteligencia artificial ocupa titulares casi a diario, cabría esperar que la ciudadanía chilena se sienta cómoda y familiarizada con estas herramientas. Pero los datos del más reciente estudio Agenda Mercados & Consumidores de Criteria (noviembre 2025) revelan una realidad más compleja: el nivel de información, uso y confianza en la IA sigue marcado por profundas diferencias etarias y socioeconómicas.

Hoy, solo un 30% de los chilenos declara sentirse “bastante” o “muy informado” sobre la inteligencia artificial, una proporción que se mantiene prácticamente igual que hace dos años. Pero al mirar dentro del promedio, la brecha es elocuente.

Entre los jóvenes de 18 a 34 años, la sensación de estar bien informados se duplica respecto de los mayores de 55 años. En los segmentos ABC1, la proporción de informados es casi el doble que en los sectores C3 y D, donde predomina la respuesta “poco o nada informado”.

Además, las mujeres reportan menor nivel de familiaridad con la IA que los hombres, una diferencia que se repite en casi todas las preguntas del estudio.

La misma fractura se observa en la frecuencia de interacción con la IA: casi la mitad de los encuestados (47%) declara interactuar rara vez con estas herramientas, pero ese promedio esconde una brecha importante. Los menores de 35 años y los sectores altos triplican el nivel de uso respecto de los mayores de 55 años y los sectores medios-bajos.

En otras palabras, mientras algunos ya experimentan con ChatGPT, Copilot o Midjourney en su trabajo diario, otros grupos ni siquiera identifican cuándo están usando IA.

Esa desigualdad de uso no responde solo al acceso tecnológico, sino también a la distancia simbólica con el lenguaje y las lógicas de la inteligencia artificial. La conversación pública, muchas veces centrada en la productividad, el reemplazo laboral o el desarrollo de modelos cada vez más avanzados, deja fuera a quienes no se reconocen como parte de esa revolución. El riesgo, entonces, no es solo una brecha digital, sino una brecha de sentido.

El estudio también revela que la preocupación frente a la IA disminuye levemente, pero de nuevo con diferencias: los más jóvenes tienden a declararse más entusiasmados (23%), mientras que los mayores se muestran más preocupados (20%). En términos de actitud, la juventud aparece como el espacio de experimentación y adopción, mientras la madurez concentra la incertidumbre y la resistencia.

Sin embargo, hay un dato esperanzador: crece el acuerdo con que la IA se usará de manera ética y responsable por parte de las empresas, un signo de confianza en la regulación y la gobernanza más que en la tecnología misma.

Por último, los motivos de uso también revelan esta transición generacional. Si bien la curiosidad y la diversión siguen siendo los principales motores, caen en relación al año anterior, mientras aumentan los usos laborales y creativos, especialmente entre jóvenes profesionales y personas con mayor nivel educativo. La IA comienza a instalarse como una herramienta de productividad y no solo como un juego de exploración.

Estas diferencias —por edad, género y nivel socioeconómico— muestran que la conversación sobre inteligencia artificial en Chile no puede limitarse a la adopción tecnológica. La verdadera revolución será cultural y educativa: implica integrar a más personas en la comprensión y el uso de estas herramientas, no solo para evitar la exclusión, sino para democratizar la capacidad de crear, analizar y decidir con inteligencia aumentada.

La IA no sustituirá al humano promedio; sustituirá al humano que no la entienda. Y en ese desafío, la política pública, las empresas y los medios tienen un rol que va mucho más allá de la fascinación tecnológica: convertir la innovación en inclusión.